El concepto curatorial central proviene de un incidente en el que dos niñas, días después del deceso de su madre, comienzan su trabajo de duelo jugando bajo una sábana. El juego de imitar a la muerta se instala entre ellas. La inmovilidad bajo la sábana produce la figura de un sudario. La primera de ellas le pide a su hermana que la cubra con la sábana y se queda quieta, como su madre muerta.La segunda comienza a gritar pensando que la primera ha muerto, hasta que ésta, súbitamente, levanta sábana y aparece. Los gritos se transforman en risas. Para calmar a su hermana, la primera le solicita a la segunda reproducir el mismo juego: hacerse la muerta.
La sábana, que partió siendo un sudario, se convierte en un vestido, en una casa, en una bandera. El duelo ha puesto el mundo en movimiento. La fuerza de levantar la sábana proviene de una pérdida. Perder nos hace desear, después de que el duelo nos ha inmovilizado. Las hermanas han puesto en forma un juego de aparición y desaparición.
Francisca Aninat (Una visión cautiva) presenta objetos cargados de afecto, que sostienen marcas de una escritura arcaica, producto de su trabajo con personas que han experimentado traumas severos y sufren amnesia temporal. Con ellas establece un pacto para hacer venir algo que ha sido sumergido. Mientras acuden a un centro hospitalario a sesiones de recuperación, invita a estas personas a rememorar su estadía mediante entrevistas sobre objetos cargados de afecto que los conectan con sus vidas anteriores. Estos objetos son portadores de indicios de memoria que recomponen señales de un tiempo perdido. Lo recordable manifiesta la latencia de la historia y subraya hasta qué punto los procesos sociales determinan, no solo en los recuerdos personales de los individuos, sino también aquellos compartidos por una comunidad del pasado.
Manuela Ribadeneira (DesCubrimientos y DeLirios) propone dos umbrales; uno, sonoro, y el otro, material: el jardín y el torno. El jardín de los olores de este convento es un espacio cerrado sin techo entre los espacios de la regla monacal y el mausoleo, poblado de plantas aromáticas y flores. En este espacio de transición, se develan restos “encontrados” de una pintura mural que relata una historia de lirios. La flor pintada evoca el olor común que comparte con un cadáver en descomposición, ya que emanan los mismos compuestos químicos: indol,
putricina y cadaverina. Estos componentes desprenden un olor desagradable, que sin embargo, en bajas concentraciones producen una agradable fragancia floral, que traslada a la palabra, el afecto evocativo de la presencia fugitiva de un cuerpo. Por su parte, el torno es un pequeño artefacto que permite el intercambio de objetos, que se trasladan entre la poesía contemplativa del claustro y la prosa del mundo, impidiendo que la emisión y la recepción muestren el cuerpo. En su obra, el jardín y el torno ordenan el juego humano de las apariencias y las amenazas.
Oswaldo Ruiz (Lo que está escrito) presenta una obra sobre la intervención de la escritura en la invención del paisaje. Ha montado su proyecto entre los conceptos de sincreQsmo y Nepantla (“entre medio”), que ilustran los complejos procesos culturales en que se mezclan elementos cristianos destinados a disfrazar la antigua tradición prehispánica. Es el juego de usar un lenguaje nuevo para designar un mundo que se sigue pensando en el lenguaje anterior, pero que se da a ver como otra cosa. De este modo, toma forma un pensamiento sobre lo que significa “estar aquí”, “en la tradición”, respecto de quienes están fuera de ella. Este pasa a ser una metáfora sobre la distinción entre quienes están en el arte y quienes están fuera de él. En nuestras sociedades, dicha frontera se mantiene mediante un pacto que promueve mediante la práctica artística el montaje de un procedimiento que actualiza la tradición sumergida.
En estas obras, Francisca Aninat, Manuela Ribadeneira y Oswaldo Ruiz, el relato de los olores de la muerte, los aparatos de rememoración de los tiempos perdidos, así como la conexión de espacios terrestres y celestes, afirman la existencia de una fuerza espiritual que levanta la mortaja para reconocer a los muertos que (nos) faltan y poder iniciar el trabajo de duelo.
Estas tres instalaciones aluden, en primer lugar, a la aparición del cuerpo anunciado por el olor de la descomposición; en segundo lugar, al acuerdo afectivo que acarrea y da cuerpo a la memoria perdida; y en tercer lugar, a la aparición de lo sobrenatural anclado en la memoria arcaica de los quienes están en la tradición.
Texto curatorial para la XVII Bienal de Cuenca, Ecuador, 2025.